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sábado, 29 de junio de 2013

MOMENTOS



A medida que la primavera asomaba su cara en las calles,  ella salía a fatigar veredas, caminando la tarde con paso dinámico, grácil,  pero sin perder la sorpresa  que pudiera hacerse presente en cualquier umbral. Sentía necesidad de ver cosas, conocerlas, tocarlas, y en esas caminatas diarias no perdía de vista el cabeceo de los sauces que se alineaban en la avenida del pueblo, rematándola en una doble hilera, ni los jardines que comenzaban a florecer.
Y sentada en un banco de la plazoleta, asistía a la victoria de un septiembre ventoso, e  inauguraba en sus ojos la mancha  de multitud de hojas verdes muy pequeñas con fondo de cielo azul, que daban la vuelta en una esquina.
Tan dinámico era su andar, que a veces el pasto tierno todavía mechado por amarillos del invierno, salpicaba sus piernas,  y los bolsillos de su short se iban hinchando con los sonidos de la calle y la plazoleta, esos rumores que sólo  se descubren en un pueblo tranquilo, cuando el oído no percibe  más que la naturaleza que todavía sobrevive en lo que todavía no es una ciudad.
Una tarde, ella volvió con algo más que arena en los pliegues de su blusa, y con alegres movimientos  se sacudió toda una plaza en la cocina.
Ella se dio cuenta de aquello, porque creyó escuchar, bajo la mesa, las voces unos niños, y le pareció que entre los estantes las copas vibraban  por el picar de una pelota.
Abrió los brazos  y miró a su madre disculpándose:
    -No sé que pasa mami.   Solo salí a caminar.
   

 roberto angel merlo