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domingo, 13 de enero de 2013

EL MÁS VIEJO DEL MUNDO




Ni siquiera los libros de magia, ni Borelius ni Paracelso ni Hermes Trismegisto lograban conmoverlo.  Ni el escarabajo azul convertido en piedra por la mirada de una Gorgona, ni la ponzoñosa túnica en jirones de la pérfida Deyanira (prudentemente encerrada en un frasco de vidrio), ni el dodecaedro de pálido mármol que descansaba sobre un pedestal de humo negro.
Un solo elemento acaparaba la atención del viejo coleccionista de antigüedades: un singular objeto que lo desvelaba hasta privarlo casi de la razón.
Sin embargo este objeto permanecía oculto en una hermética caja de madera que decoraba su gabinete.  Sabía de qué se trataba,  pero ignoraba su apariencia.  
Sobre la caja se leía una inscripción, una nefasta inscripción incisa en antiguos caracteres  y descifrada por el anticuario:”la que no debe ser vista”.  Auguraba además su destrucción en el caso de ser abierta la caja.
El anciano imaginaba el objeto en cada uno de los hipotéticos detalles, y lo deseaba intensamente. La fatal escritura  atormentaba su cerebro machacándolo a cada instante: “el que no debe ser visto”.  Siguió resistiendo la tentación de abrir la caja, hasta que una tarde se decidió a destaparla, aun a riesgo de perder la fortuna temerariamente invertida.
Con el enigma castigando sus ojos metió una fina hoja de acero en la hendidura leñosa y durante toda la noche combatió sin descanso contra el tenaz  ensimismamiento de la caja.  Al fin lo venció.
En su interior, envuelto en un grueso paño, yacía el objeto.   Con una mirada brutalmente sabia el anticuario pareció traspasar el espesor de la tela.   Con ágiles movimientos de experto la retiró y descubrió tres envoltorios más,  hechos con oscuros papeles de seda: uno doblado hacia abajo, otro hacia arriba, y el tercero nuevamente hacia abajo.   Durante años los envoltorios habían preservado de la claridad al objeto.
Se hizo entonces visible lo que tanto había deseado, y el coleccionista supo entonces que no le habían mentido.  Ceñido en un antiguo marco de plata labrada resplandecía un espejo, el más viejo del mundo.
Lo acarició con deleite mientras se contemplaba en él. Ninguna superficie había reproducido con tal fidelidad de líneas  sus rasgos. Sólo unas esquirlas de luz delataron su enfermiza ambición en el andamiaje sombrío de las pupilas.  Y al comprobar la falta del apocalíptico presagio el entusiasmo creció.
Acaso “el que no debía ser visto”  se había reducido a cenizas…  O habría estallado en pedazos cubriéndolo de infortunio…O simplemente se había escurrido de sus manos transformado en arena…  La felicidad permaneció todavía por unos segundos. Luego una mínima pero creciente convexidad   empezó a modificar la superficie pulida.  Un comportamiento anómalo en el agua del espejo la hizo subir hasta desparramarse, hasta caer transformada en imágenes por sobre los bordes del marco.  Mientras el sorprendido anciano llevaba una de sus manos a la boca y una gota plateada lo invadía  con un inesperado sabor metálico, delgadísimas láminas fluyeron de la profundidad del espejo, inundaron el piso de la habitación, se arremolinaron en los rincones, y ya libres buscaron la calle.

La imagen del rostro azorado del  coleccionista había rebasado el espejo. Un espejo repleto de figuras, un espejo harto de acumular, de repetir, de ilustrar servilmente las formas de este mundo.       
 rober



Solemos utilizar la frase "abrir la caja de Pandora" cuando queremos decir que alguno de los actos que realizamos en la vida nos va a traer nuevos males o nuevas desgracias. 
La historia de Pandora y su famosa caja se enmarca dentro del mito de Prometeo, que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, según nos cuenta la mitologia griega. 
La historia de Pandora es una venganza de Zeus como parte de un castigo a Prometeo por haber revelado a la humanidad el secreto del fuego.