“Se
cambian pesadillas por
sueños”, rezaba el
cartelito. Miró el
local en penumbras y
leyó:: “aceptamos canje de
libros usados”. Atrás,
alcanzó a ver una estantería
colmada de libros nuevos
y lomos desgajados
y descoloridos.
Caminando
por la galería , volvió sobre
sus pasos y descubrió
al viejo entre veladores, percheros y muebles antiguos. Como una
forma de ahogar el aburrimiento, entró.
El viejo, con
sonrisa extraña,
parecía esperarlo. El
sonrió haciendo un
esfuerzo y preguntó: el significado de cartelito.
Cualquier pesadillas
por cualquier sueño,
fue la respuesta,
y agregó que
lo liberaría de
ellas.
-¿Y qué
sueños tendré?
- Nos
dice qué quiere
soñar y nosotros
hacemos el resto.
Dio nombre y señas
de una mujer que lo
alentaba y rechazaba
sistemáticamente.
- Usted
va a tener
ese sueño, y seguramente volverá; ya hablaremos
del pago.
Salió
del local. A las
dos cuadras se le
puso a
la par el
olvido: avanzando hacia él
se acercaba Iris sonriendo. Apuró
el ritmo, y
sintió que cada
uno de sus
pasos lo acercaba a la esperanza.
Cuando se encontraron, era un hombre completo,
pleno de confianza,
dispuesto a esclarecer
el milagro. Desechó
imágenes de oportunidades
perdidas, nunca habían
concretado una cita, pero se
sentía con ánimo de
fiesta. La había visto en
reuniones, donde el
diálogo era imposible,
o hablaban por
teléfono.
Ella
aceptó su compañía y a partir
de ese día empezaron
a ver
sus vidas en páginas
rosadas. Caminaron por
una ciudad de fábula,
dejándose llevar por
las señales de
la noche, acatando
recorridos al azar,
haciendo alto en
las plazas y
besándose en los
bancos. La veía distinta,
pero no importaba,
estaban juntos.

Alquilaron un
departamento y lo
amueblaron con los
pequeños hurtos de sus casas:
un velador, la silla
de mimbre, la
cómoda vieja.
No fueron palabras lo que hubo entre
ellos, tampoco fue un acuerdo. Era algo
que se daba como debió haber sido. Esa noche y todas las noches verían el
amanecer en ese departamento. y cuando subieran los peldaños, encenderían las luces
y acariciarían al gato, preparando un café,
mirándose antes de abrazarse.
Los
días grises quedaron atrás, cada
uno cumplió sus
responsabilidades robando hojas
al almanaque y
a los tiempos
muertos. Ya no estaba
vedado el ansiado camino; ella
podría afrontar la
desventura de una
madre enferma, y él
una larga soledad.
Intentaron sacar
el vendaje a los ojos
de la doble
vida, pero llegaron
a la conclusión
de que era
mejor dejar todo
así: más simple
era seguir navegando
a dos aguas.
Al
tiempo no encontró forma de medir el transcurso de los
meses. Hasta que
despertó una mañana
y se encaminó
al departamento de ella:
se le había borrado
la dirección de
la memoria. No
supo reencontrar el
camino que ya era habitual. Repasó los
días transcurridos hasta
el anterior, y desesperado,
se echó a
caminar. Deambuló todo
el día, y cansado
y hambriento volvió
a su casa.
Revisó papeles, agenda,
buscó su teléfono.
Cuando
no supo
cómo recuperar su memoria, se
acordó del viejo
del local de
antigüedades.
robertp angel merlo
robertp angel merlo
No hay comentarios:
Publicar un comentario