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viernes, 5 de abril de 2013

RITUAL DEL FUEGO


                                          
                                           
                               
Tina, mi querida Tina…Es posible que en  tiempo muy breve deje de ver el rostro de Tina, tan distraída,  tan ausente. Al conocerla  en la fiesta de unos amigos, me había impresionado como un coral, sumergida en las profundidades,   lejos de la agitada superficie,  rechazando frases hechas,  palabras convencionales.
 La recuerdo acurrucada dentro de su propia mirada, preparada al salto felino pero aferrada a sus miedos y al pesimismo mal disimulados.  Ingenua,  tímida,  con  su menudo cuerpo, elegante con su traje gris y la blusa blanca.
Mi amigo  se acercó con ella y su   mujer, y me dijo: “Ésta es Tina”. Entonces rocé su tibia mejilla,  y reparé en  esa vida interior que pugnaba por tomar alas. Ella  se me pegó durante  la  noche  con una  sonrisa esperanzada.  Conversamos,   yo atraído por su ternura en el vano desierto cotidiano.
 Después de varias copas, estaba convencido. Amanecía,  y  la mayoría  se  había  retirado.   Ella se encontró de pronto en el piano,  ejecutando la Danza Ritual del Fuego de Manuel de Falla,  metiéndose con los dedos en el teclado, y saliendo transformada en llamas bajo la tapa levantada y reluciente, liberándose  a  sí  misma en variaciones infinitas,  prolongándose en un final que es retorno al principio, como esto que ahora se termina,   y quizás sea, a su vez, el principio de otra cosa.

Nos fuimos,  el sol nacía,  éramos los últimos. Ella me contó de su viudez; yo sentí su soledad y su tristeza.  Me fue fácil conmoverme.  Ven, le dije,  te llevo,  mientras ponía mi brazo en sus hombros.
 Se me apretó, los ojos húmedos.
 A partir de entonces fue vernos todos los días. Al tiempo, Tina se mostraba lejana, pesimista. Pero tocaba el piano  como una acróbata, una malabarista. Todo lo que se puede hacer con un teclado de ochenta y ocho teclas.    
 Pasó el  tiempo y el piano quedó olvidado.  La recuerdo llorando, hablándome, explicando cosas.
 Después de dos años  comencé a eludirla, comprendiendo que   me arrastraba  a  creer  que  no valía la pena, la muerte era la gran salida; debe haber sido cuando me echaron del banco, porque no me importó.
 Me  sumergí en la nada fácil, en el “total para qué”, y a decirle cosas con el afán de no contradecirla.  Ella escuchaba en silencio hasta que  advertí mi error. Quise sacarla del camino sin retorno, pero   sus maneras suaves y tiernas,  me superaban.  
Había días  normales. Se sentaba en el piano, ejecutaba el número dos de Rachmaninov,  el scherzo de Saint-Saëns. Yo embelesado, escuchaba.  Pasaba una semana, un mes. En esos  interludios trataba de traerla a la realidad sin encontrar la solución. Tenía que ayudarla, sacarla de esa  agonía, y le decía  lo lindo que sería romper los límites que nos contienen,  pasar esa puerta abierta al todo,  a la felicidad,  a la alegría. Ella me escuchaba, sonreía,  y sin contestar se perdía en el teclado escapando por las octavas.
 Al admitír mi impotencia, me abandoné  preguntándome qué hacer.  No  entenderla, no ayudarla, era prolongar ocaso y  vitalidad  agotándose  a diario.
Hasta que  sucedió.
 Y ahora que la  veo, los ojos violáceos, las mejillas azuladas,  caída sobre la alfombra,  el frasco todavía en su mano,  el piano sonando eternamente, las llamas devorando las cortinas, las alfombras,  recuerdo  ese eterno  círculo de la Danza de  Manuel de Falla, la Ritual del Fuego.
roberto angel merlo